El hojaldre es una de las preparaciones más delicadas y fascinantes de la repostería. Su magia radica en las capas finas de masa y mantequilla que, al hornearse, se separan y se inflan, creando una textura crujiente, dorada y ligera. Pero para lograrlo, hay una regla de oro: mantener el frío en todo momento.
Por qué el frío es tan importante
La masa de hojaldre se compone de múltiples pliegues de masa y mantequilla. Si la mantequilla se derrite antes del horneado, se mezcla con la harina y se pierde la estructura laminar que produce las capas. En cambio, cuando la masa está fría, la mantequilla se mantiene sólida y separada, y el vapor que genera en el horno impulsa las capas hacia arriba, dando ese efecto “hojaldrado” que todos buscan.

Consejos para un hojaldre exitoso:
- Trabaja rápido: evita que la masa tome temperatura ambiente.
- Enfría entre pliegues: mete la masa al refrigerador entre cada vuelta o doblado.
- Usa mantequilla fría de buena calidad: es clave para lograr elasticidad y sabor.
- Hornea a temperatura alta (200–220 °C): el golpe de calor ayuda a levantar las capas.
- Evita el exceso de harina al estirar: puede resecar la masa.
Errores comunes a evitar:
- Amasar demasiado y calentar la mantequilla.
- No reposar la masa entre pliegues.
- Hornear sin el horno bien precalentado.
Conclusión:
La temperatura lo es todo cuando se trata de hojaldre. Mantener la masa fría no solo es una recomendación, sino una regla esencial para obtener ese resultado profesional que tanto distingue a la pastelería artesanal. Cada capa es el resultado de precisión, técnica y paciencia, y el frío es el mejor aliado para lograrlo.


