Cuando se habla de comida, casi siempre se piensa en sabor, aroma y apariencia. Sin embargo, existe un cuarto elemento sensorial que influye de manera decisiva: el sonido.
Aunque muchas veces pasa desapercibido, el oído participa activamente en cómo percibimos la calidad y la textura de un alimento.
1. El sonido como indicador de frescura
El cerebro asocia ciertos sonidos con alimentos bien hechos:
- El crujido del pan recién horneado
- El quiebre de una fritura
- El chasquido de una verdura fresca
Estos sonidos refuerzan la idea de frescura y buena ejecución, incluso antes de saborear.
2. Cuando el sonido no coincide con la expectativa
Si un alimento visualmente crujiente no emite sonido al morderlo, el cerebro detecta una incoherencia.
Esto provoca una sensación de decepción, aunque el sabor sea correcto.
La percepción del gusto se ve directamente afectada por esa falta de respuesta sonora.

3. El sonido y la textura
El oído ayuda a confirmar la textura:
- Crujiente
- Crocante
- Quebradizo
- Tierno
Por eso, muchos alimentos dependen tanto del sonido como del sabor para resultar satisfactorios.
4. Aplicación en cocina profesional
En gastronomía profesional, el sonido se cuida conscientemente:
- Se buscan contrastes crujientes en platos suaves
- Se evita que frituras se humedezcan
- Se controla el punto de cocción para mantener textura
No es casualidad: el sonido forma parte de la experiencia completa.
5. Comer es una experiencia multisensorial
El sabor no existe de forma aislada.
Vista, olfato, tacto, oído y gusto trabajan juntos para construir lo que llamamos “comer bien”.
Conclusión
La comida no solo se prueba: se observa, se huele… y también se escucha.
Cuando el sonido acompaña a la textura y al sabor, la experiencia culinaria se vuelve más completa, más satisfactoria y memorable.


